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Una inesperada calma

enlared | 15 Abril, 2008 09:51

Nada. No pasó nada de nada. De nada. Hubo más de cinco mil policías, cuatro ambulancias, tres patrulleros, un camión de bomberos, miembros de seguridad paramilitar de china (vestidos de blanco), agentes de la policía federal en cuatriciclos (de negro), hombres de la prefectura (de naranja) y algunos otros de una fuerza de seguridad difícil de identificar (de azul). Y no pasó nada.

En rigor, pasó todo lo que debía que pasar, pero no lo que todo el mundo creía que pasaría. La antorcha fue encendida, se paseó por Buenos Aires durante trece kilómetros y llegó a su destino sin inconvenientes. En el medio hubo una manifestación pacífica a favor del Tíbet que ni siquiera se acercó a la llama. Y hubo un par de idiotas que lanzó bombitas de agua al fuego que fueron, más idiotamente aún, cabeceadas y atajadas por los atentos cuidalotodo chinos. Hubo saludos y festejos y relevos.

Pero no hubo destrozos ni intentos de destrozos, como si la ciudad se hubiera empeñado en desmentir la furia atribuida a Sudamérica.

Hubo, apenas, un dragón muy chino como de carnaval, rojo y amarillo manejado por una serie de titiriteros orientales tan ágiles como ruidosos. Y hubo un bombo, el bombo de Tula, con la inscripción Alemania 1974-Alemania 2006 y la promesa a voces de que también estaría en China. Y hubo un pequeño paso por el agua, con remeros llevando el fuego. Y hubo más organizadores, voluntarios y periodistas que aficionados. Porque hizo demasiado frío. Porque hubo ratos -y no pocos- en los que todo se asimiló muchísimo al festival de la intrascendencia. Y porque lo que debía ser una fiesta deportiva fue un evento mediático logrado a medias.

Georgina Bardach 
TODOS LOS FUEGOS, EL FUEGO
En medio de todo, una llama y un camino que pareció haber sido diseñado más para la TV que para su contemplación en vivo: el encendido de la antorcha dejó al público demasiado lejos y sólo permitió que viera al primer portador, Carlos Mauricio Espínola (tres veces medallista olímpico), unos metros antes de que pasara el testimonio de la antorcha. Las vallas lo prepararon todo para la lejanía.

Y la idea que venía una y otra vez a la cabeza era la de que los organizadores habían diseñado la seguridad por sobre el espectáculo. ¿Querían que la antorcha se paseara por Buenos Aires? Bueno, no. No en los términos exactos de la palabra pasear. No querían que se exhibiera. No querían que se luciera. No querían que se mostrara demasiado. Buscaban que llegara de un lugar previsto a otro igual de previsto. Sin interrupciones, sin novedades.

No las hubo. Y por eso tampoco hubo emoción. Y por eso en lugar de llama se pudo ver a fuerzas que, desplegadas como capas, impedían cualquier avistamiento directo de lo que importaba. Sólo se veía la seguridad y sus colores respectivos: blanco, negro, azul y naranja.

De todas maneras la gente corrió. Intentó seguir a las caravanas de sponsors y de fotógrafos que sí podían ver de cerca a los atletas. Alrededor de las avenidas principales de la ciudad, se armó una oleada de entusiastas corredores. Duraron un kilómetro, dos o siete según su resistencia aeróbica. Los más persistentes fueron los chinos, acompañantes del comité organizador de los Juegos, vestidos de riguroso rojo con bandera en mano y gritos exclusivamente en su idioma destinados al aliento mutuo.

Las únicas complicaciones de recorrido las generaba la propia organización, que de pronto prohibía algunos pasos de manera espontánea aplastando a un par de cientos de corredores detrás de una cadena de agentes de control.

Alguno gritó. Algunó se quejó.

Nada grave. Fue como todo: nada.

¿Y EL TÍBET?
Los derechos humanos se hicieron presentes en dos oportunidades en toda la marcha, que duró algo más de dos horas y media (arrancó atrasada porque los organizadores no consigieron ropa deportiva para algunos relevistas).

La antorcha olímpica, en Puerto Madero 
Aparecieron al principio, con un cartel repetido en las últimas escalas de la antorcha: "No Human Rights, No Olympics". Era un aviso humilde, un póster de tamaño mediano llevado por una pareja joven. Alcanzó para generar un conflicto mínimo. Una pareja de señoras se acercó a aleccionar al muchacho de los ideales humanitarios. Siguió el diálogo:

- ¿Por qué traés ese cartel acá?
- La gente necesita enterarse de que en el mundo hay algunos que se preocupan por otros. No como usted.
- Este no es el lugar.
- ¿Y usted quién se cree que es para decirme cuál es el lugar y cuál no?
- Sos un maleducado. Andá a aprender modales y hablamos.
- Y vos andá a teñirte a la peluquería.

Eso fue todo.

Sobre la llegada al Club Hípico, escala final de la llama, un par de activistas pro-Tíbet agitó sus banderas.

Eso fue todo.

Demasiado nada para tanto despliegue. Mejor así.

LLANTO ROJO, LA LLAMA
El cierre no fue más emocionante. Paola Suárez le dio la antorcha a Gabriela Sabatini (y, en un día de ciudad con Copa Davis, el tenis era una fiesta). Se encendió el pebetero. Mauricio Macri dejó de lado el protocolo e intentó seducir -o al menos eso parecía- a Sabatini en un costado del escenario mientras un traductor cansado iba dejando palabras sueltas de lo que algún miembro del comité olímpico decía en chino.

"Macri es lindo", dijo una señora paqueta que se asume vecina de Belgrano.

Todos hablaron. Protocolo, bah.

Después empezó a sonar la música: Luciano Pereyra y Soledad Pastoruti. La gente, más o menos cansada según la cantidad de kilómetros recorrida al lado de los micros, se dejó caer en el pasto o partió inmediatamente. Algunos escucharon esos recitales. Después de todo, fue la única parte del show realmente dirigida a los que se dignaron a asistir.

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